7.9.06

 

La gran proeza de los "alemanes del Volga"

Aldea Santa María es una pequeña localidad entrerriana ubicada al noreste de la ciudad de Paraná, de la que la separan aproximadamente 70 kilómetros de distancia. Situada en los 31° 36’ de Latitud Sur y 60° 00’ de Longitud Oeste, su zona de influencia abarca unas 15.000 hectáreas de superficie, todas ellas dentro del Departamento Paraná. El área pertenece a la cuenca hidrográfica del arroyo Las Conchas, y tanto este arroyo como otros cursos semipermanentes, tienen sus nacientes en las estribaciones australes de la cuchilla de Montiel. Sus aguas discurren en dirección sur-suroeste y se vierten en el río Paraná unos kilómetros al norte de la ciudad homónima. Es importante destacar que no existe ni existió ningún curso de agua permanente en el lugar ocupado por Aldea Santa María.
El antiguo espinal mesopotámico que cubría toda la zona hoy solamente es visible en pequeños manchones donde el monte natural cerrado se ha mantenido intacto; el resto de la superficie está integramente dedicada a la agricultura. En algunos terrenos, generalmente bajos, es posible observar el crecimiento de un escaso monte natural abierto.
Los suelos de la región se destacan por su fertilidad, rasgo que ha propiciado el desarrollo de las actividades agrícolas (el Instituto de Suelos del I.N.T.A. los ha clasificado como del tipo vertisoles con horizonte mólico).
Hacia fines del siglo XIX se produjo un hecho fundamental en estas tierras: el establecimiento de un grupo de colonos que cambiaría para siempre la fisonomía del paisaje. Habían llegado al lugar los alemanes del Volga. El peregrinar de esta gente había comenzado allá por el año 1763 cuando la emperatriz rusa Catalina “la Grande”, de noble estirpe alemana, invitó a colonos alemanes a instalarse en Ucrania y en las llanuras del río Volga cercanas al Mar Caspio. Rusia necesitaba más gente y también acrecentar su producción agrícola. En aquellos años Alemania carecía de unidad política y estaba debatiéndose en la miseria y destrucción como resultado de gravísimos enfrentamientos internos. La guerra entre las Casas reinantes había poco menos que devastado el territorio, y la mala situación socioeconómica que estaba atravesando la mayoría de sus habitantes los instó a aceptar el comienzo de un largo viaje. Fue así como alrededor de veinte mil alemanes procedentes de las comarcas del Hessen, Renania y Palatinado llegaron a Rusia con la primera oleada inmigratoria. Para principios del siglo XX casi medio millón de rusos germano-parlantes vivían a lo largo de las costas del Volga, en lo que se convertiría en la República Autónoma Socialista Soviética de los Alemanes del Volga.
Durante el siglo XIX ese territorio había crecido demográficamente cobrando un fuerte impulso económico y político, lo que llevó a las autoridades rusas a temer por su soberanía. Fue entonces cuando todas las facilidades otorgadas a los ruso-alemanes fueron siendo paulatinamente eliminadas. Se les prohibió adquirir más tierras, sus poblados perdieron la autonomía de que gozaban y los hombres fueron obligados a cumplir con un servicio militar de cuatro años en el ejército o de siete años en la marina. El gobierno ruso intentaba afianzar sus fronteras y la posibilidad de regresar con vida se había convertido en toda una odisea. También se les había restringido profesar libremente su culto, estaban atravesando un período de gran sequía en toda la región y los inviernos se habían tornado cada vez más crudos.
Estas constituyeron razones más que suficientes para prestarle suma atención a las noticias que llegaban desde el otro lado del mundo. Tal como ya fue tratado en el ejemplo de los colonos judíos, los gobiernos americanos estaban por demás interesados en poblar algunos sectores de sus territorios.
El gobierno de Brasil había enviado emisarios a las costas del Bajo Volga para atraer la atención de futuros inmigrantes, y hacia fines del año 1886 una gran cantidad de jóvenes familias se embarcaron rumbo a ese país. A comienzos de 1887 lo hizo un segundo contingente; pero al llegar a las costas brasileñas las autoridades locales no permitieron el desembarco. Un fuerte brote de fiebre amarilla y cólera azotaba la región. Entonces el capitán del buque decidió consultar a los pasajeros, y una vez obtenido el consentimiento de la mayoría, tomó la opción de continuar el viaje poniendo proa hacia un nuevo destino: el puerto de la ciudad de Buenos Aires.
El 5 de febrero de 1887 arribaron a Buenos Aires y se alojaron de inmediato en el viejo Hotel de Inmigrantes. Es importante destacar que a pesar de lo benigno del clima, la promesa de tierras fértiles y el excelente marco de libertad que los rodeaba en el nuevo país, los primeros años debieron ser muy duros. Fundamentalmente por la barrera que significaba el desconocimiento del idioma y las costumbres de nuestra cultura. Es importante destacar que tanto el tiempo de permanencia en el Hotel de Inmigrantes como el medio de transporte utilizado para trasladarse hasta la provincia de Entre Ríos difieren según la fuente que se tome. Andrés Schoenfeld Kuhn apunta que “...después de unos días salieron en tren a Rosario, en camino hacia Entre Ríos. Allí, en el departamento Diamante, los esperaban Felipe Dittler, Jorge Rausch e Ignacio Kuhn, quienes habían salido dos meses antes, huyendo del servicio militar ruso. Los recién llegados se alojaron en las aldeas de la Colonia Alvear ya establecidas, en las que residían parientes, amigos o conocidos originarios de sus mismas aldeas.” En tanto Pedro Sack comenta que “...el gobierno argentino... los derivó en barcos más pequeños a las costas diamantinas de la provincia de Entre Ríos abordando el puerto de Punta Gorda. Por muchos meses estuvieron alojados en los galpones que las autoridades les habían facilitado, hasta que pudieron superar los inconvenientes surgidos con el gobierno provincial respecto a la fundación de aldeas.”
Los que arribaron primero a Entre Ríos se llegaron luego hasta la ciudad de Paraná y entablaron negociaciones para comprar nuevas tierras. Fue así como el Doctor Martín Meyer y el señor Antonio Vieyra, quienes oficiaban de comisionistas, les ofrecieron un campo hacia el noreste de Paraná y a unos sesenta kilómetros por el viejo camino que iba hacia el distrito Tala. Evidentemente los comisionistas estaban muy al tanto de las intenciones colonizadoras de los inmigrantes. Las tierras que hoy conforman Aldea Santa María pertenecían en aquel entonces a la estancia del Sr. Enrique Wodrich, que tenía una superficie de 3.066 hectáreas. Probablemente los compradores fueron engañados, ya que para la fundación de un pueblo generalmente se buscaba estar cerca de alguna fuente de agua natural, ya sea vertiente permanente, arroyo, río o laguna. La accesibilidad al agua era indispensable para asegurar la subsistencia humana. Lo mismo ocurría con la accesibilidad a alguna vía de comunicación con otros centros poblados. En este caso, ambos factores parecen haberse ignorado.
El 4 de junio de 1887 se efectuó la compra por parte de los ruso-alemanes en un condominio de treinta y nueve socios que con sus respectivas familias marcharon a fundar una nueva aldea, la que más adelante bautizarían con el nombre de Aldea Santa María.
Todas las tierras que adquirieron resultaron ser absolutamente vírgenes, razón por la cual estaban cubiertas por un espeso monte. Cuando llegaron al lugar solamente existía un pequeño claro donde se levantaba un galpón que había pertenecido a la estancia de Wodrich. El primer gran obstáculo con el que se encontraron fue la falta de agua, de modo tal que debieron echar mano a las palas para cavar pozos que les permitieran acceder al vital elemento. Más adelante fueron levantando algunas viviendas y luego comenzó la dura tarea de sacar el monte para convertirlo en prósperas tierras de labranza.

 

Bibliografía consultada:

Sack, Pedro A.: “Un siglo de vivencias”, s/ed., Aldea Santa María, 1987.

Schoenfeld Kuhn, Andrés – y otros –: “Santa María, aldea de la Cruz y del arado”, Consejo de
Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Provincia de Entre Ríos, Paraná, 1987.

Zwingle, Erla: “Catalina la Grande”, en National Geographic en Español, Vol. 3, N° 3, Editorial
Televisa S.A., México, septiembre de 1998.

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